Espiral filogénetica
¿Cómo representar al ser humano en la época de la hiperrealidad mediática? ¿De qué manera asumir ese gesto que constituye la pintura cuando el sentido de todo aquello que anhelamos afirmar con el arte ha sido derruido por la propia espectacularidad de sus signos? En la era del simulacro, como la había denominado Baudrillard, la única certeza no son las cosas, sino los laberintos semióticos que nos separan de ellas, la concepción ontovisual de la tecnología científica y el desgarro que nos aleja aun de nosotros mismos a través de la pantalla.
Cuestión que nos aboca a una paradoja irresoluble: ansiamos la realidad, concebimos una certeza en las formas, confiamos en la visión, pero, al mismo tiempo, esa visión ha sido ya mediatizada y filtrada a través de las pantallas de ordenador y TV, la lente del microscopio y los aparatos electrónicos de captación. Las dimensiones de lo representable han desbancado al ojo como institución y han establecido en la máquina visual (pornovisual) su nueva casa. Es ésa la atmósfera –la angustia, tal vez– que recorre la obra pictórica de Vicente Martínez Almodóvar. Cuando el ser coincide con aquello que podemos ver, y lo que vemos nos envía a su vez al microscopio, a las ecografías, a los mapas genéticos y las nebulosas estelares, la pintura debe asumir el riesgo de radiografiar la realidad del ser humano siendo plenamente consciente de su intimidad mediatizada. Si en otra época la pintura quiso descifrar aquello que éramos capaces de percibir, hoy la ciencia y sus aparatos de visualización han trastornado la delgada franja entre lo visible y lo invisible. Lo invisible, justamente, es lo que aparece bajo el ojo maquínico de las tecnologías de percepción modernas. Entonces, ¿por qué no asumir el riesgo, el compromiso tal vez, de representar artísticamente las cadenas de ADN o los amasijos embrionarios, al mismo tiempo que se pretende dejar huella, mostrar la mano del pintor, el trazo personalísimo que desgarra el conjunto y que nos permite usurparle a la tecnología sus privilegios iconográficos? Bajo la premisa, de corte freudiano, que reza que “la ontogénesis explica la filogénesis”, Martínez Almodóvar traza un recorrido visionario sobre la condición postmoderna a través de una arqueología visual por los avatares ontogenéticos de la evolución humana. Así aparecen series como la de sus “Embriones”, secundada por los “Cigotos” o las numerosas manos, unas veces sosteniendo la cruceta y los hilos del titiritero, y otras como mero testimonio de humanidad que apareciera de forma repentina sobre la pantalla de lo representado, a modo de “presencia”, como reza el título de una de las composiciones. En este alfabeto visual de ensoñaciones ecográficas, de visualidad mediatizada, siempre hay un breve indicio de subjetividad, un alegato al Yo que logra aferrarse al lienzo antes de que éste acabe confundiéndose con una pantalla más.
Paradójicamente, el cosmos, que en griego significaba “orden”, no deja de remitirnos al desorden de la abstracción una vez que aparece bajo el filtro de las máquinas visuales. Basta tomar cualquier fotografía de satélite para percatarse de ese Kandinsky cósmico que nos espera, sin derechos de autor ni registros pertinentes, en los confines del universo. Es ese gesto contradictorio el que aparece captado en estas obras. La representación nebular del espacio o los “ecogramas” intracorporales de Martínez Almodóvar (cigotos, cuerpos embrionarios, cadenas de ADN, etc.), adquieren mayor veracidad cuando mayor es su grado de abstracción. Es decir: la falta casi total de figuralidad de las representaciones pictóricas que atrapan esa energía evolutiva, sus espirales y su fuerza genesíaca, sólo es real cuando apenas alcanzamos a descubrir figuras, intervalos, gradaciones y diferenciaciones dentro del marco de la obra. Y ello es producto de una manipulación (las manos, varias de ellas, que parecen tirar de los hilos, remover no sólo la condición esencial de lo humano, sino los límites de la representación y la visualidad): la ciencia no sólo manipula los cuerpos (genética, farmacológicamente), sino que altera el régimen de visualidad a partir del cual nos enfrentamos a los descubrimientos de lo cotidiano. El mayor cuadro abstracto es siempre una fotografía del espacio o una imagen al microscopio, el punto en que mito y ciencia se superponen y se identifican, por ello este conjunto de obras es más veraz, se acerca más al objeto que pretende reproducir cuanto mayor es el índice de abstracción, desfiguración y nebulosidad de aquello que nos trae bajo sus pinceladas. Lo revolucionario es aceptar que, en nuestros días, la abstracción coincide con lo real, y es ese aspecto aquello que vibra en estas obras. Lo microscópico y lo macroscópico, allá a donde no llega la visión sin sus tecnologías prostéticas de captación perceptiva es el lugar hacia el cual nos dirige la producción pictórica de Martínez Almodóvar.
Jorge Fernández Gonzalo
Escritor, Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid.
Generación evolutiva
Vicente M. Almodóvar plantea una reflexión sobre cuestiones relacionadas con la evolución de la especie, tratada desde una diversidad de perspectivas, que pasan desde la científica (paleontología, biogenética, etc.) hasta la filosófica, y finalmente puesta en escena por la imaginería científicoide y metafórica de su pintura.
Parece ser una constante en su obra establecer un lenguaje visual sintético y estético, expresionista y versátil, exponiendo al espectador debates arduos y complejos; como el relativismo ético en cuanto a la manipulación genética (con fines no terapéuticos, o sea reproductivos), no cabe duda que este punto no deja de ser importante para el destino por el que evolucione la humanidad. Aún en estos momentos en que la crisis económica como cortina de humo real (es un problema real), no deja de ser una oportunidad para aquellos que aprovechan nuestra atención desviada.
Al mismo tiempo rememora la importancia de la vida humana, del respeto a cada individuo con derechos universales por los que debemos velar en esta coyuntura evolutiva aún más, y el anhelo de seguir evolucionando por el camino de una ética a nivel global, planteada desde una perspectiva pragmática (o pragmética), como ya (en la ficción) previera y expusiera necesaria H.G. Wells.
Su arte y su discurso caminan por un compromiso ético y filosófico, un activismo pragmético, la sátira al servicio de la ética, entendida como el único modo pragmático de sobrevivir como especie, y dirigir nuestra filogénesis a partir de la ontogénesis, de nuestra evolución individual.
Huella y tierra, gesto y signo, dibujo gestáltico, imagen neo-expresionista, transvanguardista, posmoderna y conceptual, con ecos de Kiefer o Barceló, de Tàpies o de Orestes Hernández, Karl Horst o Vasquez Rocca.
Contra la manipulación genética, contra la deshumanización, contra la pérdida de valores inmateriales, contra el incontrolado poder de la especulación económica, contra el egoísmo y contra la falta de conciencia global.
Se trata de un discurso crítico y satírico sobre la manipulación y la alienación del ser, (entendido de manera heideggeriana, como experiencia), como experiencia manipulada del ser.
Desde la Hermenéutica Débil de Vattimo hasta la des-dogmatización que proviene de la investigación científica, desde evolucionistas como Haeckel y Freud, hasta la proyección futurible de la ciencia-ficción (H.G.Wells, Aldous Huxley), y los últimos descubrimientos en biogenética: ciencia-filosofía-arte-humanidad-evolución-progreso.
José Luis Gutiérrez Muñoz
Artista, Escritor y Profesor Titular de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid.